Él, el más veterano y a la vez el más novato del grupo de nadadores de aguas abiertas, se sentía como un niño otra vez. Escuchaba, embelesado, las hazañas de los más jóvenes. Sus ojos, llenos de un brillo infantil, se iluminaban con cada relato de las proezas en el agua: las olas embravecidas, el sol acariciando la piel, la sensación de libertad infinita.
Ese instante mágico de escuchar las historias repletas de anécdotas sobre corrientes traicioneras, aguas gélidas y paisajes idílicos, lo transportaba a los momentos felices de su infancia, junto a su abuelo. Cerró los ojos y se vio nuevamente sentado al lado de su abuelo, bajo la parra del patio de su casa, cautivado y atento, escuchando las increíbles aventuras de éste en aquel pequeño pueblo al pie del cerro Castrejón, en Castilla La Mancha.
Ahora, de pie junto a un arroyo de las sierras de la Ventana, sentía que el mar de emociones de sus compañeros se fundía en una sola ola de recuerdos. Las palabras de los allí reunidos, como olas espumosas, acariciaban su alma y lo transportaban a un lugar donde la realidad y la fantasía se entrelazaban.
Al compartir el agua de ese arroyo, se quedó un rato, mirando a sus compañeros. El sol se ponía, pintando el cielo de colores cálidos. Cerró los ojos y respiró profundamente, dejando que el aire de las sierras llenara sus pulmones. En ese momento, sintió que ese agua era más que agua de un arroyo: era un puente que conectaba su pasado con su presente, un lugar donde los sueños se hacían realidad.
Al regresar a casa, se quedó dormido con una sonrisa en los labios. Soñó que iba en el carro de su abuelo junto a sus compañeros, en busca de un mar infinito donde todo era posible. Y al despertar, se dio cuenta de que la magia nunca se pierde, solo necesita un corazón lleno de recuerdos y un espíritu dispuesto a seguir soñando.
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