Prendí la TV y me puse a buscar una peli con algo de humor para pasar el rato. Elegí “Cuando el cielo se equivoca” pensando que sería una comedia liviana, pero, siempre hay un pero, la película termina siendo una crítica social bastante clara sobre la desigualdad económica y la precariedad laboral. Muestra cómo muchas personas trabajan todo el tiempo, se esfuerzan y aun así no consiguen estabilidad ni una vida tranquila, mientras otros viven rodeados de privilegios y poder.
Hay una escena muy fuerte en la que el personaje millonario habla frente a una junta directiva y plantea que los ricos necesitan empleados que ganen poco, porque eso les permite ganar todavía más dinero. Ahí la película deja en evidencia cómo muchas veces el sistema beneficia a unos pocos a costa del esfuerzo y las dificultades de la mayoría.
Hace unos días me encontré con un amigo que, después de los saludos habituales, me comenta: “qué bien le está yendo a tu hijo, debe estar ganando mucho”. O sea, traducción: ¿rinde económicamente lo que hace? ¿Y si no fuese así? ¿Qué pasa? Ese comentario tan natural muestra cómo nos fueron seteando a todos.
Hay una pregunta que el capitalismo tardío hace todo lo posible por volver innecesaria. No la prohíbe ni la censura. Hace algo más eficiente: la reemplaza. La sustituye por preguntas más urgentes, más medibles, más rentables. ¿Cuánto ganás? ¿Cuánto creciste? ¿Cuánto valés en el mercado?
La pregunta que desaparece es otra, mucho más incómoda: ¿qué significa ser humano?
No es una pregunta abstracta. Es probablemente la más concreta que existe, porque su respuesta determina todo lo demás. Determina qué vale la pena vivir, qué merece ser protegido, qué se le debe a otro simplemente por existir. Determina si una vida tiene sentido más allá de lo que produce.
Durante siglos, distintas culturas respondieron esa pregunta de maneras diferentes, pero casi todas coincidían en algo: lo humano se realiza en el vínculo. Con otros humanos, con la naturaleza, con algo más grande que uno mismo. La soledad absoluta nunca fue un ideal; era una condena.
El capitalismo tardío invirtió esa lógica. Convirtió al humano en unidad de producción, al vínculo en red de contactos y a la naturaleza en recurso disponible. Y lo hizo tan profundamente que muchos ya no lo perciben como una construcción histórica, sino como la realidad misma.
Pero el capitalismo no solo organiza la producción: también produce una manera de ver a las personas. Las convierte en fuerza de trabajo, en energía disponible para ser comprada, usada y descartada. Y lo más perturbador es que esa conversión no termina al salir del trabajo. Se mete adentro. Se vuelve la forma en que uno se mira a sí mismo.
No es solo que el sistema nos explote. Es que aprendemos a explotarnos.
Byung-Chul Han llama a esto “la sociedad del rendimiento”, y creo que acierta bastante. Antes el poder disciplinaba desde afuera: el patrón, el horario, el capataz. Ahora el mandato es interno. Nadie necesita vigilarte cuando vos mismo sentís que deberías estar haciendo más, produciendo más, siendo más.
La jaula se volvió invisible porque terminamos construyéndola nosotros mismos.
Y todo lo que no produce valor económico empieza a quedar en el margen. El cuidado, la contemplación, el descanso, el tiempo perdido. Lo humano se va diluyendo en la medida en que todo lo que éramos antes de ser productivos deja de tener lugar.
Pienso en la culpa que a veces me produce jugar con mis nietas porque siento que debería estar trabajando para un cliente que necesita algo “urgente”. ¿Pero qué es más urgente que jugar con mis nietas?
Pienso en el tiempo que alguien pasa acompañando a un padre enfermo, criando a un hijo o simplemente escuchando a un amigo que está mal. Eso es profundamente humano, quizás de lo más humano que existe. Y sin embargo el sistema lo trata como tiempo muerto. El trabajo de cuidado no aparece en el PBI. No suma en el currículum. Existe, pero queda escondido en los márgenes.
Y alguien paga ese precio.
Hace poco leí un titular que decía: “Aumentó un 32% el número de jubilados que siguen trabajando”.
Un síntoma, en medicina, es una señal de que algo no funciona como debería. Pero para interpretar un síntoma primero hay que saber qué sería la salud.
El capitalismo tardío hace algo muy particular con sus síntomas: los privatiza. Convierte problemas colectivos en fallas individuales.
La Organización Mundial de la Salud señala que la depresión es hoy una de las principales causas de discapacidad en el mundo. El agotamiento físico y mental provocado por el estrés laboral ya fue reconocido como fenómeno ocupacional global. La soledad alcanza niveles tan altos que algunos gobiernos hablan directamente de epidemia; el Reino Unido incluso creó un Ministerio de la Soledad.
Pero el sistema ya tiene respuestas preparadas: terapia, medicación, coaching, mindfulness, productividad positiva. Soluciones individuales para problemas estructurales. Formas de reparar al humano para devolverlo al engranaje, no para cuestionarlo.
Byung-Chul Han lo resume con una claridad brutal: el deprimido aparece como alguien que fracasó en el rendimiento. La culpa siempre vuelve al individuo. El sistema queda intacto.
Vivimos en un mundo de vínculos frágiles, que a veces duran lo mismo que un visto de WhatsApp. Las relaciones duran lo que dura su utilidad. La comunidad se disuelve en redes de contactos.
El capitalismo produce una soledad extraña: no la ausencia de otros, sino el individualismo. Se puede estar rodeado de personas y sentirse completamente solo, porque el vínculo que el sistema habilita no es entre humanos que se reconocen como tales, sino entre productores, consumidores, perfiles y marcas personales.
Lo que se pierde no es solamente la compañía. Es el reconocimiento. Esa experiencia de mirar a otro y ver algo propio en él, no el éxito ni la utilidad, sino la condición compartida de estar vivos sobre la tierra.
Hay organizaciones en el sur de Argentina que luchan por defender los océanos y el agua, intentando recordar algo básico: sin el azul del agua no hay verde en la tierra. Como muchas otras, entienden la importancia del cuidado del planeta.
Pero el sistema desplaza el problema estructural hacia conductas individuales aisladas. Entonces parece que la crisis ecológica depende solamente de si reciclamos o usamos bolsas reutilizables, mientras las lógicas de producción que destruyen ecosistemas siguen intactas.
La desconexión del humano con la naturaleza no es solo un problema ecológico. Es una pérdida más profunda. El humano olvidó que viene del humus, que es tierra que piensa, que depende de un entramado de vida que no creó ni controla.
Nos enseñaron que el río no es un río sino energía hidráulica. Que el bosque no es un bosque sino madera. Y que el humano no es un humano, sino capital humano.
El sistema necesita que ese sea el único lenguaje posible.
Cuando el único modo de identificarnos es empleado, emprendedor, consumidor o fracasado, empiezan a faltar palabras para nombrar lo que sentimos. Y sin palabras no hay pensamiento. Sin pensamiento no hay reconocimiento. Sin reconocimiento es muy difícil salir de la Matrix.
¿Se puede salir? No creo que exista una salida limpia, un lugar completamente afuera desde donde mirar el sistema sin estar atravesado por él. Pero sí creo que existen grietas.
La caverna de Platón explicaba algo parecido. Las sombras en la pared no eran la realidad, pero eran todo lo que los prisioneros habían visto. Y eso alcanzaba para que parecieran verdaderas.
El capitalismo construye sus propias sombras: el éxito medible, la productividad como virtud, el tiempo libre justificado únicamente por el trabajo que lo precede.
Por eso detenerse se vuelve casi subversivo. No optimizarse para rendir mejor. Simplemente detenerse.
El silencio incomoda porque en el silencio uno empieza a escucharse. Y cuando se escucha, empieza a notar lo que le falta.
También hay algo profundamente humano en el encuentro real entre personas que se reconocen sin evaluarse ni competir. Dos humanos que se miran sin traducir el vínculo en utilidad están haciendo algo que el sistema nunca termina de controlar del todo.
Y eso importa.
No como solución mágica. Como señal.
Cuando alguien cuida a otro sin que nadie lo contabilice. Cuando una conversación dura más de lo necesario porque no tiene objetivo. Cuando alguien descansa sin culpa. Cuando el tiempo pasa y no deja ningún producto. En esos momentos pequeños y casi invisibles algo resiste.
No sé si eso alcanza. La verdad es que no lo sé.
Pero sí sé que la pregunta importa. Preguntarse qué se pierde cuando todo se organiza alrededor de producir no es un lujo filosófico. Es quizás una de las pocas formas de no olvidar completamente qué éramos antes de que nos dijeran cuánto valemos.
Lo humano no es lo que producimos. Es lo que somos cuando nadie nos está midiendo.
Recordando a El Eternauta: el camino es colectivo o no es. No existe una salida individual.
No porque un humano no pueda reconocerse solo, sino porque reconocerse sin otros no es salir: es flotar.
Hay un afuera posible que no es geográfico ni político en el sentido clásico. Es un afuera que se construye en el vínculo, en el reconocimiento y en la decisión cotidiana de valorar aquello que el sistema no cuenta.
No es una revolución grandiosa. Es una práctica.
Y quizás alcanza con eso: con una luz parcial. La suficiente para ver el próximo paso. La suficiente para reconocer a otro humano caminando en la misma dirección.
Y eso, hoy, cuesta cada vez más recordarlo.
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