Prendí la TV y me puse a buscar una peli con algo de humor para pasar el rato. Elegí “Cuando el cielo se equivoca” pensando que sería una comedia liviana, pero, siempre hay un pero, la película termina siendo una crítica social bastante clara sobre la desigualdad económica y la precariedad laboral. Muestra cómo muchas personas trabajan todo el tiempo, se esfuerzan y aun así no consiguen estabilidad ni una vida tranquila, mientras otros viven rodeados de privilegios y poder. Hay una escena muy fuerte en la que el personaje millonario habla frente a una junta directiva y plantea que los ricos necesitan empleados que ganen poco, porque eso les permite ganar todavía más dinero. Ahí la película deja en evidencia cómo muchas veces el sistema beneficia a unos pocos a costa del esfuerzo y las dificultades de la mayoría. Hace unos días me encontré con un amigo que, después de los saludos habituales, me comenta: “qué bien le está yendo a tu hijo, debe estar ganando mucho”. O sea, traducci...
Bahía Blanca es uno de esos casos donde lo que una ciudad produce y lo que una ciudad ofrece a quien la habita no terminan de cerrar. No es una ciudad de servicios en el sentido clásico; es, más bien, un nodo logístico complejo que funciona, desde hace décadas, en modo supervivencia. Para el bahiense eso tiene una traducción cotidiana: el gigante que espera su turno. Edificios con aires europeos y pretensiones de otra época conviven con veredas rotas, calles inundables y una infraestructura básica que acusa años de desinversión. El chasis, digamos, no da abasto para la potencia del motor. Este desequilibrio no cayó del cielo. Bahía creció, casi siempre, según planes ajenos. Primero fue el ferrocarril británico; después, la necesidad de un puerto militar; más tarde llegaron la universidad y, sobre el final del siglo XX, el polo petroquímico. Cada etapa respondió a una urgencia de afuera, no a un proyecto pensado desde acá. El resultado es una especie de adolescencia que se estira:...