Bahía Blanca es uno de esos casos donde lo que una ciudad produce y lo que una ciudad ofrece a quien la habita no terminan de cerrar. No es una ciudad de servicios en el sentido clásico; es, más bien, un nodo logístico complejo que funciona, desde hace décadas, en modo supervivencia. Para el bahiense eso tiene una traducción cotidiana: el gigante que espera su turno. Edificios con aires europeos y pretensiones de otra época conviven con veredas rotas, calles inundables y una infraestructura básica que acusa años de desinversión. El chasis, digamos, no da abasto para la potencia del motor. Este desequilibrio no cayó del cielo. Bahía creció, casi siempre, según planes ajenos. Primero fue el ferrocarril británico; después, la necesidad de un puerto militar; más tarde llegaron la universidad y, sobre el final del siglo XX, el polo petroquímico. Cada etapa respondió a una urgencia de afuera, no a un proyecto pensado desde acá. El resultado es una especie de adolescencia que se estira:...
Después de un período de ausencia siempre vuelvo reinventando este espacio para expresar mis ideas sobre todo lo que me envuelve. A disfrutar del merengue con pimienta árabe y GOOD SHOW.