Bahía Blanca es uno de esos casos donde lo que una ciudad produce y lo que una ciudad ofrece a quien la habita no terminan de cerrar. No es una ciudad de servicios en el sentido clásico; es, más bien, un nodo logístico complejo que funciona, desde hace décadas, en modo supervivencia. Para el bahiense eso tiene una traducción cotidiana: el gigante que espera su turno. Edificios con aires europeos y pretensiones de otra época conviven con veredas rotas, calles inundables y una infraestructura básica que acusa años de desinversión. El chasis, digamos, no da abasto para la potencia del motor.
Este desequilibrio no cayó del cielo. Bahía creció, casi siempre, según planes ajenos. Primero fue el ferrocarril británico; después, la necesidad de un puerto militar; más tarde llegaron la universidad y, sobre el final del siglo XX, el polo petroquímico. Cada etapa respondió a una urgencia de afuera, no a un proyecto pensado desde acá. El resultado es una especie de adolescencia que se estira: una ciudad con un Producto Bruto Geográfico envidiable, pero sin la autonomía política ni presupuestaria para decidir qué hacer con lo que genera. Las llaves de lo más importante —el estuario, el polo, la matriz productiva— están en otras manos, y esas manos, casi por definición, miran la macroeconomía antes que el barrio.
Esa falta de voz sobre lo propio fue moldeando una forma de ser bahiense bastante reconocible: un pragmatismo escéptico, a veces confundido con apatía. No es que la gente no quiera progreso; es que aprendió, con razón, que las decisiones grandes se toman lejos y que conviene no entusiasmarse demasiado. De ahí el repliegue hacia lo privado. Y ahí entra el clima, que no es un detalle de color: el viento empuja adentro. La vida social se corre del espacio público —que se siente ajeno, descuidado, a veces directamente hostil— hacia el café, el club, el asado en casa. Uno termina armándose su propio microclima.
Salir de este empate entre lo que Bahía es —un engranaje industrial eficiente— y lo que podría ser —una ciudad donde dé gusto vivir— pide algo parecido a un rito de pasaje. Que lo técnico empiece, de una vez, a financiar lo humano. El problema, hoy, no es atraer nuevas inversiones; eso, mal que bien, sigue pasando. El problema es que la dirigencia y la sociedad civil todavía no terminan de construir un relato propio sobre qué ciudad quieren. Bahía Blanca tiene que dejar de ser el objeto de las necesidades de otros para pasar a ser, por fin, sujeto de las suyas.

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